¿Estamos?

Soy la piel que se eriza cada que recibe una llamada,

soy la saliva que se atora en la garganta y detiene el tiempo.

Soy el aire que duele y me impide respirarte

y la flor que no renace y la tierra que mata.

Soy esto y aquello, pero nada igual a lo que conociste.

Me sueño siendo, me convenzo, creo que existo y te hablo.

Tantos años a tu lado y pareces tan cansada de mí

que tu indiferencia es abismal.

Dudo de mi existencia y vuelvo a repasar las señales de vida:

la piel, la saliva, el aire y tu presencia.

Por breves lapsos ya no sé si estuve o estuviste,

ni quién se fue primero.

Estamos sin estar, soy sin ser.

 

Leí que nuestra mente es tan genial que es capaz de generar escenarios, seres fantásticos y personas por días o años, todo a partir de un momento traumático o una emoción desagradable contenida de tal forma que ésta busca un escape de la realidad. Se protege la mente, pero no siempre ocurre lo mismo con el cuerpo.

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Desde que te perdí…

Rupturas van, amores llegan.

¿Quién recuerda tu cabello brillante entrelazando mis dedos,

tus pupilas distraídas ante mis caídas repentinas

y el eco de tu voz en la inmensidad de nuestro cuarto?

Nadie, nadie te extraña, aún sigues aquí.

 

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¡fallaste corazón!

Ha pasado bastante tiempo desde que escribí mi último post, el cual fue producto del desvelo que hace tropezar palabras como en esta ocasión. No duermo ni como bien, es un hecho, sin embargo me he puesto a leer, no más, antes no leía. Nunca he dicho que soy lectora ni que me encanta estudiar, soy floja para eso, prefiero comprender y aprehender. En fin, estoy leyendo. ¿Qué y por qué leo?

Un día me arrimé a unas lonas tendidas en la calle surcadas por decenas de libros, unos más interesantes que otros. El préstamo es gratis, sólo te solicitan una donación, el resto es sin compromiso. Decidí que ese momento era el indicado para iniciar mi lectura. Elegí “fallasta corazón” de Germán Dehesa. No, no es un clásico, tampoco tiene un autor rimbombante o con récord en ventas, pero así lo elegí. Me latió cuando leí que a través de sus columnas tocaba uno de los episodios más lamentables de la economía mexicana: el sexenio salinista. Quise leer la percepción de alguien que lo vivió de fondo, de alguien que no sólo dijera “caímos en crisis” porque eso ya lo sé.

Me agradó la forma tan ágil en que sus columnas se desarrollan entre la política y sus situaciones cotidianas familiares. No encuentro la línea que divide una de otra en su vida, incluso en cierto momento dice que su familia se encontraba politizada de tal forma que hasta su bebé era una anarquista declarada. Es divertido, llano, claro y en sí, no se anda por las ramas cuando describe las relaciones existentes entre la cúpula gubernamental, la complicidad obligada de los medios y el acaparamiento de la televisión sobre lo que se dice y no. Lo más irónico es que muchas de las situaciones ahí detalladas, sobre todo referentes a la personalidad mexicana, lamentablemente no han cambiado, parece que se mantienen constantes y a pesar de haber vivido cierta evolución, la indiferencia y lo agachón no se nos han quitado. ¿Pereza ciudadana, desesperanza? Tal vez.

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