¿Y tú qué tanto aceptas?

Dentro de cualquier relación (laboral, personal, religiosa, etc.) debe existir COHERENCIA y HONESTIDAD, además de una serie de elementos y valores propios de la estructura formada. Ya sea que existan dos o más integrantes, estos deben cubrir ciertas reglas y principios implícitos o explícitos.

Lo anterior no quiere decir que los desacuerdos estén excluidos. Como seres con una serie de pensamientos y consciencia particular, no es fácil siempre estar contentos y aceptar todo lo que diga el otro, el resto o en su caso la cabeza de la agrupación. Dicen que el amar es tener presente las diferencias del otro y continuar la marcha, lo cual es razonable si deseamos mantener viva la relación y siempre y cuando dichas diferencias no afecten ni corrompan nuestro ser.

Es decir, siendo coherentes y honestos con nuestra estructura de valores, ideas y principios, debemos discernir si el desacuerdo parte de que la idea, la orden o acción ejecutada pretende romper con estos. Pues justo cuando aceptamos cosas con las cuales no estamos en nada de acuerdo, por parte de nosotros surge un choque y actitudes como el desgano, coraje, insatisfacción, aislamiento, culpa, indignación, dependencia, inseguridad o tristeza.

Así que debemos estar atentos a lo que aceptamos y permitimos, poniendo un oportuno ALTO y darnos cuenta cuándo es momento de terminar una relación.

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De noche.

Y una noche, sin sueño, tus sentidos anuncian su secuestro. Cuándo se fue la emoción, la pasión por las letras y las voces.

¿Acaso el día en que el ruido y la basura penetraron la mente?

Luego no vuelven, se quedan en el olvido y no vives, no duermes, no sueñas. Tus pies enraizaron, hay tantas trampas y pocas huellas.

Letras deliberadas.

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¿Qué tan lejos estamos de volvernos un asesino?

 

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Yo no veo televisión.

Aún recuerdo a mi madre diciendo “¡no hagan travesuras, mejor siéntanse a ver televisión!”, y a decir verdad sí me divertía con la barra de caricaturas que en aquel entonces ofrecía el Canal5, aexcepción de las pausas al servicio de la comunidad que al no saber de qué trataban, se me hacían largas y aburridas. También disfrutaba las animaciones con esos pingüinitos de plastilina que a través de sonidos extraños me comunicaban toda una secuencia por demás divertida, lástima que su duración fuera tan corta, ojalá hubiera sido mayor que cualquiera de esas telenovelas que cada tarde miles de señoras se aventaban de corridito.

El tiempo pasa y actualmente veo lo mínimo de televisión, carezco de canales dentro de los cuales se pueda encontrar al menos algo productivo después de dar una revisión fugaz a su contenido. Sin embargo, lo que no ha cambiado es el gran número de personas que a diario consumen tanto entretenimiento basado en la felicidad o penurias de otros seres, que reales o ficticios captan su atención. No falta ver quién se la pasa llorando o gritando a una pantalla ¡ya déjalo, es un mantenido!

La verdad esto es cómico, y al respecto, me cuesta trabajo observar cómo las cadenas de televisión abierta teniendo un público tan cautivo y extenso no buscan innovar, se habla de una Iniciativa México y no veo nada de eso. Como dice el dicho “en casa de herrero, cuchillo de palo”. Siguen ofreciendo churros o refritos de historias que se hicieron décadas atrás y de la misma forma ya no hayan qué reality show o concurso inventar.

Luego vemos que a falta de creatividad los domingos pasan el top 25 de los famosos divorciados, las mujeres más feas o vulgares; nos invitan a embobarnos con un programa en el cual elegirán al mejor cantante (generaciones dela Iala XV, o más), y qué decir de aquél donde eligen al niño con mayor “carisma” o los mejores pasos. Ahora recuerdo aquella noche de domingo donde en cierto negocio mientras esperaba por horas mi pedido, había una multitud tan pasmada con ese televisor que no importaba si su alimento se mosqueaba o se caía al piso, todo esto por ver a un niño declarársele a una pequeña a nivel nacional al lado de mi queridísima Galilea. ¡Qué bonita familia!

Ante esto, pesa mucho el bajo nivel de exigencia que muestran los televidentes, se conforman con las migajas que les lanzan considerando aburrido un canal de historia, cultura o ciencia. Muchos de ellos viven sumergidos en la ignorancia o paranoia al recibir sólo la información que conviene que sepan, otros más disfrutan alimentarse de dramas por largas horas al día, al grado de no querer salir de sus casas para no perderse el final de una novela. ¿Acaso no terminará con una boda, un beso o una familia reunida y feliz? No creo que sea difícil deducirlo, resulta muy obvio.

Hace poco me dijo una señora de mi pueblo que prefería ver las telenovelas a leer un periódico; la primera le ofrecía entretenimiento, risas y mucha emoción, y el segundo le mostraba la cruel realidad con gente muerta, políticos corruptos y la pobreza del país, le tiznaba los dedos y le cansaba la vista. Y sí, desde esa perspectiva tiene razón en lo que dice, no obstante, me parece que nos acostumbraron al confort y seguridad que trae el desconocer una situación, que de saberla, nos alarmaría sin dejarnos estar en paz. Por años el público ha preferido mantener distancia sobre ciertas estadísticas y lo que implican, las finanzas y sus índices, nuestros derechos y obligaciones, y la situación política-social mexicana. Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no es así?

Sé muy bien que la realidad no está en óptimas condiciones, sin embargo prefiero tomar mis decisiones en base a la verdad, que estando cegada por mentiras rosas que tarde o temprano se desplomarán y me afectarán en mayor medida, culpando después a mis padres, vecinos y gobernantes, sin darme cuenta que yo soy responsable de mis actos, de la información que recibo y solicito tener. Dejemos de ser pasivos y víctimas, ese airecito “milagroso” sólo es el ventilador.

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