El orgullo sabe mal.

Mi primer trabajo fue una chulada. Aprendí al por mayor, día tras día junto al desgaste, a la falta de lana y a las negativas constantes, llegaba un aprendizaje tras otro… Trabajé por 3 meses como vendedora de cursos de inglés. Nunca me fue bien, las únicas veces que gané unos pesos fue porque recibía ayuda. Carezco del talento, así que aferrarme a obtener logros donde no hay herramientas ni aptitudes, se vuelve una tarea complicada. Durante estas semanas pensé más de una vez en sacar la bandera blanca y emprender la retirada, pero siempre hubo algo o alguien que me convencieran de continuar, de ser más perseverante como aquellos héroes de película que llegan con golpes y laceraciones, pero cumplen la misión.
No fue mi caso, y al final de ese trimestre, después de verme con 50 centavos en la bolsa y cero futuro para ser exitosa en ventas, decidí quedarme en la cama, y dejar de elevar gritos motivacionales (recordé un video que seguramente muchos han visto, aún así les copio link).
Bien, no tardó en sonar mi teléfono, se comunicaban para preguntar si algo había ocurrido y sin tapujos les dije que ya no iría, que estaba cansada y no tenía dinero ni para trasladarme -mi rebeldía y hartazgo respondieron -.
 
Me pidieron al menos acudir por última vez para hablar conmigo un momento ¿qué parte de no tengo dinero no entendieron?. Encontré $5 pesos por ahí tirados y como “un favor especial” me dirigí hacia allá. Llegué, me saludaron e indagaron mis motivos de retiro, que lamentaban esto y aquello, todo muy sentido como si les doliera la salida de un vendedor mediocre. Mas yo seguía firme en mi elección, bastantes golpes emocionales había sufrido, así que al menos la parte de las heridas si cumplían con el perfil de la sufrida y paupérrima protagonista televisiva. 
 
Finalizaron con darme las gracias y desearme lo mejor. En eso a la gerente regional se le ocurre meter la mano en su bolsa, sacar uno de $50 y decir con voz altanera “vamos, al menos toma esto, siquiera para que puedas regresar a tu casa”. La pena y orgullo no se llevan con el hambre, causan conflicto. Me negué ajá, muy digna yo. “Ándale, sé que los necesitas, igual con esto comes algo, ¿no dices que no traes nada?”, sin calidez de por medio, sólo tenía esa mirada fija sosteniendo el billete.
 
Duele mucho, dicen que el orgullo levanta, pero también duele cuando te lo tragas. Obtuve $50 y dije adiós.

Un día leí  “cuando el pueblo está hambreado dale basura, se la comerá y hasta dará las gracias”. Pasa a menudo, la desesperación y el sentirse en el hoyo nos llevan a aceptar cualquier “ayuda”, sin miramiento en las condiciones en que recibes el favor, sin analizar que hay otras alternativas.

Think about it.

 

 

 

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