Despertar

By Sarolta Bán

Despierto. Un despertar más, un día más por vivir, por arrastrar la vida. No puedo esperar mucho, todo es gris, tan nublado como mi alma; a pesar de las sombras no hay temor, mi cuerpo se mimetiza, forma parte del ambiente como aquella lámpara junto al viejo sillón. Camino hacia delante o hacia atrás, no encuentro la diferencia, imagino que es similar a estar en el limbo, entre los vivos y muertos sin poder formar parte de alguno.

Mis pasos rechinan, la madera no es muy discreta, la vejez de las paredes tampoco ignora el tiempo, las averías emocionales hay terminado el tapiz. ¿Cuántos lamentos han hecho mella en esta casa? ¿Será que vivo aquí? Lo ignoro por completo, sólo me embarga la extraña sensación de sentirme ajena, excluida del mohín, del hongo circundante a mis manos, de todo lo dicho y hecho en este lugar, y sin embargo aquí estoy, sola, vacía. Algo le falta a mis días, a esta noche en particular, pero no logro recordarlo. Sólo avanzo por este ruidoso pasillo, tan similar a mi vida, estática, hueca, llena de ruidos innecesarios.

Hago una pausa para observar ese cuarto, al parecer es la sala o sólo un salón de lectura. Está la lámpara junto al sillón roído colocados en la esquina. Un libro abierto sobre esa mesita, la miopía no me permite alcanzar la lectura, tampoco me acerco, no tengo curiosidad alguna por descubrir qué se leía. Seguro sería algo aburrido o tendiente a ser analizado y hoy no tengo ganas de hacerlo. La mayor parte de mi existencia la destino al análisis profundo, a la interrogación constante de por qué esto o aquello es de esta u otro forma, por qué está o deja de estar. “To be or not to be, that is the question”, al menos eso dijo Shakespeare y considero que pese a los años sigue teniendo razón.

Exhausta de pensar, de que esa parte racional comience a pensar en lo lógico y lo resuelto, continúo mi trayecto de conocimiento o tal vez reconocimiento; un regreso a ese espacio arquitectónico de tintes grises, azul marinos y negros. Alto contraste, las pocas iluminaciones exaltadas y aquellas sombras intensas que recorren todo el pantone de los más discretos. Leí que soñamos en gris pero siempre lo ignoramos, nuestra mente aporta colores al ambiente, a las personas. Sin embargo en mi caso he mantenido sueños con filtro fotográfico tinto, con bajos y altos contrastes, con iluminaciones tenues, difuminadas, con gran enfoque en los detalles y ruido extremo, o como en esta escena sucede, utilizando una gama intensa, extrema, grisácea, oscura. He llegado a cuestionarme si mis neuronas se han visto afectadas por la obsesión que manifiesto por los millones de colores y sus efectos en imagen.

Desde niña coloreaba y nunca quedaba satisfecha, pensaba que me había faltado mezclar un color más, que aquello no combinaba con eso y que nunca tenía a mi alcance ese color exacto que requería para el color de piel de ese ente. Tiempo después descubrí la fotografía y me percaté que todo puedes capturar, menos la realidad. Un aparato nunca llega a enfocar un escenario como lo ven tus ojos, incluso dañados como los míos. Lo real supera un cuadro, cientos de ellos, la luz afecta, apoya, distorsiona. Es mi trauma y ahora sólo sé que claramente no sé diferenciar si estoy despierta o no.

Este gran paréntesis mental, silencioso y a la vez aturdidor sólo se ve interrumpido por una presencia. No estoy sola. No la conozco. Viene hacia mí como salida de una ilustración de Mark Ryden. Sigilosa, confiada, fijando sus enormes ojos cuyo color no alcanzo a distinguir. Vestida de blanco, de encaje molesto (nunca me agradaron las crinolinas, las odio), no obstante es obvio que su tela fue confeccionada cuidadosamente. Lo único que resalta en aquella blanca silueta es un detalle rojo al cuello, parece una rosa, tal vez sólo un moño rojo sangre, casi tinto. Su largo cabello enmarca su pálido rostro. Aquellas curvas que denotan su ondulado hacen que no la pierda de vista. No hay brillo en su cabello.

Se acerca, no habla, tampoco sonríe. Cuando por fin veo su rostro y el halo de misterio que la distingue, me petrifico. Un miedo enorme comienza a invadirme. No hablo, mi respiración se pasma y mi corazón se agolpa al punto que no sé si se ha detenido ante aquella presencia, o es que corre a mil latidos por minuto y no se logra distinguir un golpe de otro.

Con su dedo índice me indica que la siga, se da media vuelta y decido ir tras ella. Ignoro qué me mueve, por qué ir tras el terror que me genera. Termina el pasillo, siento que la pierdo de vista, acelero el paso, quiero saber qué desea mostrarme. ¿Qué quiere, qué me hace continuar? Insisto, no lo sé pero sigo. Afuera hay un gran patio central que alcanzo a ver desde este segundo piso. Sus balcones viejos de madera no me dan tanta confianza para apoyarme en ellos y distinguir que hay allá abajo. ¿Acaso cadáveres que han sido tentados por la curiosidad? ¿Y si los veo, y si me miran rogando caiga entre sus brazos? ¡Diablos! prefiero evitarme el mal trago.

Ella entra a un cuarto, justo ahí me doy cuenta que no es muy alta. O se trata de una niña o definitivamente es una mujer muy pequeña y delgada. Entro a la habitación. Es pequeña, más oscura, no tiene mucha entrada de luz y por lo visto afuera hay niebla que no me permite ver el otro extremo del balcón. Ese cuarto como el resto está polvoriento, abandonado. Junto a un buró está una cama de aluminio, suntuosas formas que alcanzan a brillar a pesar de esta bruma.

¡¿Cómo pasó?! La he perdido de vista, en qué momento abandonó el lugar. Esperen, hay una luz, intensa, cegadora. Voy hacia ella. ¿Se encontrará ahí, sería lo que quería mostrarme?, ¿una luz, un cuarto, su presencia? Vuelvo a caminar lentamente, el nudo en el pecho y el hueco en mi estómago volvieron. Qué habría tras la puerta. Lentamente y echándome hacia atrás la empujo y me traiciona el sonido. Su quejido fue tan estruendoso en aquella atmósfera silenciosa que llega a generarme una ansiedad tremenda, quiero pararla, detener el sonido y así pasar desapercibida, pero no fue así. Siguió su trayecto y echó de cabeza mi existencia.

Quedé pasmada con lo que vieron mis ojos. ¿Un excusado? ¡¿Eso era todo?! ¡Maldita sea, cómo pasé por todo esto por aquel baño! ¿Acaso era una farsa? Entré y lo confirmé con mis propios ojos. Se trataba de un baño común y corriente. Lleno de moho, con olor a humedad por el encierro y con ese aroma putrefacto de no haber sido usado por años, lo cual me hizo examinarlo rápidamente hasta que mis ojos se detuvieron en aquella simple cortina. ¿Y si ella me esperaba detrás? ¿Qué tal que inversa a la escena de Hitchcook, el asesino se encontraba detrás de la cortina? En ese caso sería asesinada sobre una taza puerca. Escucho un leve rechinar. ¡Oh, rayos! ¿Qué hago, abro la cortina, salgo corriendo, y si me persigue? Los pensamientos chocan entre sí y no sé qué decisión tomar. Qué tal si al igual que cuando abrí la puerta no hay nada y todo se trata de una vil mentira pesadillesca de mi mente. Esto es la locura. Intento sobreponerme, qué más puede pasar. Morir o vivir muchas veces ha sido lo mismo para mí, así que tal vez era hora de afrontar mi destino si es que algún día hubo uno.

Sin pensarlo más, abro ágilmente la cortina. ¡Por dios! una estúpida cucaracha saliendo de la coladera. Tanto para nada, nuevamente. A final de cuentas era un simple y tonto baño. Ya sin temor y olvidando dónde habrá quedado aquella presencia que me trajo hacia aquí. Reviso más detenidamente los detalles que el terror me había hecho pasar. Me doy cuenta que hay un bote viejo de metal que tal vez fue utilizado para la basura, bastante grande para mi gusto. Aún hay una pasta de jabón, ya seca y coartada por el tiempo. Me recordó el jabón dermatológico que uso y se termina como el agua entre los dedos; hidrata pero se seca rápidamente en cuanto pierde contacto con el agua.

El espejo es lindo, algo manchado por las gotas de agua y jabón que nunca fueron limpiadas y unidas al polvo, quedaron como lágrimas que corren el rimel de unos ojos maquillados. Reviso el terminado de sus orillas, era muy lindo, su marco precioso. Tal vez si hubiera llegado unos años antes lo hubiera encontrado precioso y la tentación de llevármelo hubiera sido mayor.

Lo veo más detenidamente, alzo la mirada y no puedo creer lo que observo. Me atraganto, me acerco cada vez más y comienzo a mover mi rostro de izquierda a derecha y viceversa. Simplemente no me la creo. Mi apariencia no es la que conocía. ¿Aquél espejo me estaría mintiendo, podría ser algo así cierto? No soy lo que veo, cuándo cambié, cuándo llegué a ser esto, ¡debe ser una mentira! una vil y bien armada mentira.

La negación me invade, ¡no puedo ser eso! Toco mi cara y veo que mi mano tiene esa misma textura. Soy color gris, azulosa, mi piel se siente áspera, caliza, con ciertas manchas blanquecinas poco evidentes que mezcladas se ven como el polvo. MIs ojos no son expresivos, sólo miran fíjamente, grises, llanos, de impactantes iris. Parece que formo parte de esa casa y efectivamente soy esto, una parte más de su tapiz, de su sillón, de sus maderas. ¿Qué soy? Vuelvo a verme fijamente en el espejo como buscando algo que no encontraré. Me veo y justo en el reflejo de mis pupilas la veo, parada, inerte, la niña está tras de mí.

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