Escenarios ocultos.

Más de una hora y tú discurso no terminaba. Decías que no regaba las plantas, que la basura olvidaba, que no recordaba fechas y me olvidaba del mañana. Que te sentías extraña, fuera de lugar, que requerías nuevo colchón, nueva almohada, que el frío calaba más que otros días, la ventana no servía y el dinero no alcanzaba.

Te decía que no importaba, arreglaría la tubería y compraría un closet nuevo, limpiaría la polilla de aquel saco que no usabas. No era para tanto, todo tenía solución y la furia te cegaba.

Tu hablabas, tropezabas, reanudabas el tema inicial de mi baja autoestima y mis complejos hilarantes. Nada tenía sentido. ¿Por qué hablar de las plantas, mis demonios y tu ropa? Abría la boca y tus preguntas asfixiaban, corría y cerrabas las puertas, me llevaba la fregada.

Tres horas bastaron. Por fin encendiste la luz. La basura, el sastre, tu polilla y la tubería, por más que lo arreglara… ya lo entendí.

 

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