Diálogos tiesos

Heme aquí postrado, escuchado declaraciones, más de una confesión y muchas tonterías; cosas falsas, sin sentido y aderezadas con kilos de dramatismo. Algunos me ven y su voz se entrecorta, se les hace un nudo en el cogote para expresar su sentir. Ya vino el Adriano, muy sinvergüenza y ladino, yo que lo entrañaba tanto, y él, con su cara de tarugo viene a contarme que se hechó a mi vieja sin saber que se matrimoniaría conmigo, que espera logre perdonarlo pero conociéndome nunca me lo habría contado. ¡Vaya mohína que me trajo! y me lo dice así, cuando ya no puedo levantarme para partirle el hocico.

Nadie lo cree, yo tan sano, en la plenitud de mi vida y sin afán de preocuparme. ¿Y ahora? nada, sólo un guiñapo del destino que ni clamando al divino volvería a dar un buen show. Ni para mimo sirvo, más se mueve el caracol con todo y caparazón.

¿Cómo llegué hasta aquí? No lo sé, sólo conozco mi condición: en coma, o al menos eso dice el matasanos. Lo último que recuerdo es  a Justina conmigo, repegadita y pasional. Era la mujer más deseada del rancho, aquel que gozaba con ella se sentía un ganador, se llenaba la boca contándolo entre los amigos. Tenía curvas tentadoras, alentadoras del peligro y la emoción. A diario pasaba frente a la carnicería, se pavoneaba a lo grande siempre con vestidos llamativos, coloridos y frescos – quién no, con este calor del vil infierno -. La recuerdo y aún se me hace agua la boca, me hace fantasear aunque ya no genere los mismos efectos de hace tiempo; el rastro que dejaba su perfume por las calles me hacía sentir un perro tras aquellos bisteces, tras aquellas piernas, quemadas y calientes como estas tierras.

Después de tenerla conmigo sólo escuché un grito y me vi tirado al suelo, así nomás, ahí terminó mi historia. Al siguiente día amanecí en este cuarto cuya blancura incomoda, cansa y desespera. Me darán de alta en unos días, según cuentan por poquito y no la libraba, el hoyo de aquella bala me vino a aguadar el teatrito. Todos habían desfilado, menos Martina, mi vieja. Me dicen que mucho ha llorado, más cuando se enteró en las movidas que andaba, debí esconderme mejor, aunque a estas alturas ya ni eso importaba.

Pasaron los días y por fin mis ojos vieron a la mujer que por tantos años aguantó mis parrandas, engaños y patrañas. Su mirada mostraba desprecio, tal parece que el coraje no se le había pasado y en medio de mi silencio forzado por las circunstancias, ni la vida permitiría echarle un verbo para que olvidara. Pidió unos minutos conmigo, dijo que deseaba hablar larguito y tendido con este desgraciado, y la dejaron a solas. Cerrando esa puerta no entendí lo que ocurría… soltó plena carcajada, me veía y no soportaba la risa. Se burló por varios minutos y luego se acercó a mi cama, y sin  aire lastimero ni lleno de reproches, me dijo lo siguiente:

“Te creí más listo, pero en medio de tus calenturas ni sabes cuidarte la espalda. Yo era mensa y por mucho tiempo me tragué corajes que volteaban mis tripas. Espero y estos días que has pasado solo y tieso te hayan servido pa recordar lo que le pasa al que lleva torcido el camino. Por mi parte no hay rencores, esa pistolita me quitó la mohína y mis tristezas.”

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