País de ciegos

La vida transcurre sin mayor problema a una velocidad de 60 minutos por hora, ni uno más, esto mientras el humano promedio intenta en fallidas ocasiones encontrar el sentido de su existencia, la razón por la cual su pasado y presente estuvieron saboteados por diversos hechos desagradables que ahora le impiden recordar con exactitud los recuerdos bellos que le trajeron la felicidad, la cual es buscada en un futuro incierto, rodeado de la probabilidad o la suerte.

Nadie garantiza que mañana estarás para llevar a cabo tus planes; podrás comprar un guardaespaldas o el auto blindado, pero jamás la vida, y en este devenir somos testigos de miles de escenas que van de lo tierno a lo desagradable, del cielo algodonado con sabor a fresa al rojo tinto que ofrece la sangre de un ser golpeado. Todo es parte de, tal como en una película donde obligatoriamente se conjugan elementos positivos y negativos en distintas secuencias, formando así un tamiz de emociones y giros sorpresivos.

Habrá escenas que nos impactarán, otras más pasarán bajo el lente de lo cotidiano y las dejaremos ir dada la baja importancia de su contenido. ¿Y qué sucede si nuestra visión se ve alterada y creemos que lo relevante es lo común? De seguro mostraríamos enfado o indiferencia ante las escenas más dramáticas o crueles, dejaríamos de sentir escozor ante aquel desmembramiento y sentiríamos la necesidad de ir en busca de cualquier sala donde estén proyectando “X” cosa, sin considerar si se trata de una tontería, siempre y cuando evitemos aquello.

Tomando dicha analogía, de forma similar las personas manejamos mecanismos de defensa ante lo que podría representar algo negativo, y en un afán por salir librados de cualquier circunstancia insegura, minimizamos los sucesos y preferimos darle la vuelta a la hoja llegando a evadir nuestras responsabilidades como ciudadanos. Por una parte somos solidarios con aquellos damnificados de cierto desastre natural, tal vez porque al vernos rodeados de confort nos remuerde la consciencia y preferimos otorgar el apoyo, sin embargo, no es común que suceda lo mismo cuando presenciamos un robo o maltrato a otros. Optamos por hacernos de la vista gorda y pasamos de largo sin decir nada, incluso nos alejamos lo más posible salvando así el pellejo.

¿La respuesta es huir? ¿La cobardía es válida frente a toda situación? ¿Qué ocurriría si el ser que están golpeando en plena calle fuera nuestro hijo o nuestra madre? ¿Reaccionaríamos igual? No lo creo. Al parecer, conforme nuestra capacidad de asombro disminuye, la determinación ante las injusticias también lo hace. Lo cual no es raro, sobre todo si analizamos al corrompido sistema jurídico que nos “ampara” y durante años ha juzgado inocentes que sólo pasaban por ahí o llegaron a auxiliar al afectado. A la par, actualmente es muy común escuchar cómo elementos policíacos coludidos con el crimen organizado te echan de cabeza y ahora van tras de ti debido a que tuviste la fuerza para denunciar un delito. Es decir, estas y más acciones han hecho de México un país de ciegos y sordos, los cuales rogamos por no ser testigos de ningún hecho desafortunado fuera o dentro de nuestra casa.

El miedo nos corroe y elegimos seguir nuestro camino cargando con ello el resto de nuestra vida. Justificamos y ponemos las razones ante las decisiones, pienso en mí, en mi familia y seres allegados. Preferimos ignorar el dolor de otros núcleos y cual interruptor apagamos el volumen de su llanto y desesperación; no soy yo, no son los míos, sólo son otros seres desdichados a los cuales “les tocó”. ¿Cuando me toque a mí a quién recurriré, alguien me verá aunque sea de reojo? ¿Dónde quedó la solidaridad que tanto se presume, dónde está la gente buena? Podemos decir “yo sí ayudaré”, “yo jamás callaría”, pero del plato a la boca se cae mucha sopa.

Más que pensar a qué candidato le otorgaré mi voto, valdría la pena pensar y elegir el tipo de ciudadano que quiero ser y a partir de esto crear mis estrategias, las cuales serán reales y no pulidas por el marketing. Qué importa si no te conoce el resto, bastaría que te reconociera tu familia, tus vecinos, tomando como referencia tus acciones positivas y proactivas en tu entorno inmediato. No creamos que un ser llamado “presidente” nos traerá progreso, educación y proyección internacional, nosotros hemos hecho de México lo que ahora es, así que dependerá sólo de nosotros la limpieza y restauración que se realice.

Nuestros hermanos, primos y amigos son los que consumen drogas, matan y humillan, no pretendamos echar la pelotita a otros, aceptemos los errores y trabajemos en ello. Hacernos tarugos no ayudará, sólo nos joderá más. Exijamos lo justo y no hablemos por hablar, quitémonos los audífonos y escuchemos las realidades, seamos actores y no simples espectadores. Dejemos de calentar butacas y seamos directores de nuestra vida.

Publicado por La Jornada Aguascalientes / Suplemento Autonomía #40

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