El triciclo, el hospital y la muerte.

Encuentro tus letras por demás nostálgicas, trajeron retazos añejos a mi presente el cual actualmente es de andar cansado, agitado y rutinario, fue una gran experiencia imaginar y remontarme a lo que viví sobre un triciclo rosa, con 2 coletas al viento y una sonrisa que dejaba entrar el aire de forma veloz a mi garganta.

Lo reconozco, nunca fui buena en cosas que tuvieran menos de tres ruedas, razón por la cual dañé mis huesos; traigo lo atolondrado como una sombra que jamás se me separa, incluso caminando tropiezo, tropiezo tanto que es inevitable besar el suelo más veces de las debidas y autorizadas por la vida. Fui y soy pésima para los deportes, cual imán humano que atrae balones y olvida líneas, reglas de juego. Recibí muchos abucheos y malas caras de los compañeros, igual lo tenía merecido, ¿quién desea en su equipo al pésimo del salón, al que todos eligen hasta el final y sólo por lástima? Considero que ni yo lo aceptaría.

Eso sí, a nivel intelectual me desquitaba, no aceptaba a cualquiera entre mis colegas de estudio, aunque generalmente prefería estar sola, aprender bajo mis métodos, aunque en ese entonces como entraba, la información salía. Fue hasta que entré a la universidad cuando aprendí a captar la información en términos generales y sólo a detalle lo que realmente importaba, lo cual ocurrió hasta que me topé con el amor. Ese día olvidé todo, incluso la relevancia de ser y encontrarse, me perdí todita.

Con el paso de los años uno aprende que trae mayores satisfacciones el dar que recibir, pero los momentos de felicidad llegan cuando tu esfuerzo, entrega y amor encuentran una reciprocidad en esta vida… compartir es la clave. ¿Qué finalidad tiene el rebasar mis límites de sabiduría, sueños y alegrías si estas no son conocidas por alguien más?

Lamentablemente andamos ciclos que como inician, terminan, y tarde o temprano ese ser con el cual generamos chispas y lanzamos estrellas fugaces al universo, desaparece… sí, desaparece de nuestro firmamento, en ocasiones es un adiós eterno, en otras sólo es el comienzo de un nuevo camino que algún día nos vuelve a unir.

“No temo a la muerte, podría morir mañana mismo después de lo que acabo de vivir”, lo dije un día, y al poco tiempo me vi envuelta en una trama hospitalaria que sólo llega a pasar por causalidades del destino. Me veo ahí, sentada al filo de los pies de aquella cama, incómoda e inamovible, vistiendo un trapo azul, corto, que sólo es sujetado por unos listones hechos moño. Tomando mis rodillas contra la barbilla, decidí quitarme por un momento aquel bozal para lograr respirar esa esencia que trae el rocío de un amanecer tranquilo.

Eran las 7am aproximadamente, no tenía mucho por hacer, mis ropas estaban hechas bolas en una silla de aquel cuarto, cuya frialdad era contrastada con aquel paraíso que mis ojos captaron a lo lejos, detrás de aquella ventana. El sol anunciaba su llegada, la humedad de las hierbas brillaban a lo largo de sus hojas y tallos, lo cual combinaba a la perfección con la tierra de aquellos viejos cerros. Todo me parecía perfecto, de ensueño, tanto que al darme cuenta de la realidad que envolvía esto, de pronto un desfile de pequeñas hormigas negras atravesaba el marco de aquel hermoso cuadro.

Algo extraño sucedía, una sensación moribunda inflamó mis terminales, no marchaba bien del todo. Recordé a mi madre, me comentó un día que temía a los conjuntos de asqueles y hormiguitas, las cuales no auguraban otra cosa más que la muerte misma. Ese pensamiento resonó en mis adentros y no dudé en pensar que esa mañana moriría. Muy raro, ilógico y hasta tonto podría parecerte, sin embargo así lo sentí.

Ese día bajo dichos escenarios, me aferré a la vida de cuantas lianas pude, sin cesar deseé vivir y me percaté de lo estúpido que era morir, habiendo tanto por hacer, pensar y sentir.

 
.::  Relato escrito para un chico inmerso en las tramas de la vida colimense.
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