El Observador.

 

Una, dos, miles de gotas resbalan por su carita. Sorprendida extiende sus brazos y dando vueltas cual rehilete viviente, ríe y pega brincos sin sospechar que la observo cauteloso desde este rincón. Me atrae su candidez y esa sencilla sonrisa que envuelve el momento, su momento.

La lluvia hace escurrir el lodo ya impregnado en sus brazos desde semanas atrás. Supongo que en medio de su cotidianidad olvidaba la hora de asearse un poco, o quizás sólo esperaba que el mismo cielo fuera su regadera y mis ojos los testigos de ello.

Admiro su valentía, yo no deseo mojarme, mis patas suelen resbalar entre tejados y hoy los ratones no salen.
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