Deshumanizados.

Este domingo decidí echarme de principio a fin la película de Patch Adams. Nunca me había permitido ver completo ese retazo de vida del doctor con nariz de payaso. El enfocarse en un punto tan discutido como la deshumanización de la medicina captó mi atención.

Por azares de la vida o por lo famosa y bien remunerada que resulta ser la carrera de doctor, he estado en contacto directo con diferentes amigos y conocidos que ejercen dicha “religión”, lo digo así porque consagran su vida a las cuestiones médicas, viviendo una actualización constante llena de horarios extremos, mala alimentación y dotación de multivitamínicos o demás refuerzos que les ayudan a sobrellevar dicha carga.

También se sabe del gran número de personas que a diario consultan dentro de habitaciones o largos pasillos con camillas, sueros y ese olor particular que indica desinfección y medicamentos por doquier. Viven bajo una bata o entre guantes, cubrebocas y gorras, ponemos nuestra existencia en sus manos y les cedemos nuestras esperanzas. Es difícil determinar hasta qué punto nuestras corazonadas indican si uno de esos seres de blanco son de fiar, si lograrán salvarnos y representan la diferencia entre seguir sobre y bajo la tierra.

Dentro del filme hay una cátedra de bienvenida por parte del Decano, en ella expone tajantemente que debido a la responsabilidad que tienen como médicos, la muerte no es opción, viven para evitarla y se ven obligados a hacer más de lo posible, a buscar la perfección absoluta, dejar los errores fuera del parámetro y para ello, a partir de su educación en el instituto buscarán quitarles su humanidad.

Dichas palabras fueron basura para mis oídos. Es cierto, más que acertar vivimos errando, tendemos a caer una y otra vez. A lo largo del camino perdemos amigos como si fueran palomitas, valoramos poco los esfuerzos de nuestros allegados, en ciertos momentos de nuestra vida tendemos a creer que tenemos la verdad sobre la misma, que contamos con esa fórmula que nos hará ricos, felices y tendrá aplicación efectiva en todo momento y lugar.

Sin embargo, como seres humanos también aprendemos a recapacitar, perdonar, construir y sonreír. Comprendemos que tarde o temprano necesitaremos de los demás para continuar y cumplir con los objetivos planteados, entendiendo que requerimos confiar, escuchar y apoyar. Por ello no veo nada de malo en esa humanidad tan cuestionada en el campo médico, en el cual aún hoy les hacen hincapié en mantener una distancia ante sus pacientes, en evitar relacionarse más de la cuenta con los diferentes casos que tienen en archivo.

Como prueba de ello basta ir a una clínica pública cuya sala de urgencias está abarrotada, hay largas filas para acceder a un consultorio, escuchas personas que claman atención para su esposa, para su hijo, y no la reciben. Cuando por fin estás frente a ese individuo de blanco atuendo, te percatas que apenas sabe que estás ahí; simula que te atiende y escucha tu lista de dolencia con cierto enfado pues para él no eres el único con dichas cantaletas. Te receta lo mismo que le dieron al que moría de dolor como al que traía dolorcito de muela y te cita dentro de 2 meses para darte “seguimiento”.

Recuerdo cuando acudí al dentista del Seguro Popular, se tardó más en colocarse los guantes que en consultarme, abrió mi boca, metió un fierro dando unas 2 o 3 rapadillas y viéndome como si fuera una idiota me dijo a qué había ido. Le dije que requería una limpieza, hace más de un año no la recibía. Me contestó tajantemente que en mi  boca no había nada fuera de lugar, tenía muy poco sarro y desconocía por qué había acudido. Me largué bastante molesta, pagué en otro lugar por dicho servicio y se me indicó que requería una limpieza profunda debido a una infección que ya causaba problema en encías.

De la misma forma viene a mi mente cuando mi madre requería una mastografía. Confiada en esa bola de anuncios televisivos en los cuales mencionaban que en caso de detectar cualquier abultamiento o carnosidad corrieran y serían atendidas de manera gratuita, ella fue. Sentía pequeños piquetes dolorosos y diversas bolitas, pero su preocupación se frenó por las enfermeras que celaban el consultorio del doctor, le avisaron que para recibir atención requería trasladarse a Zacatecas (3 horas de camino) y para ello necesitaba sacar cita, la cual le correspondería en unos dos meses. ¿Sabes lo que significan dos meses en caso de cáncer?

Mi  padre se enojó y les preguntó dónde quedaba la atención rápida en esos casos, que si su fin era dejar morir personas en lugar de atenderlas. Ellas indicaron que no estaba en sus manos, todo era porque se tenía una saturación y siguiendo el orden era lo mejor que podían ofrecer. La preocupación llevó a que se gastarán muchos pesos para que a partir de los resultados de una mastografía (entregada de un día a otro), le diagnosticaran no uno, sino decenas de quistes, estaba invadida y aún está en tratamiento.

¿Dónde queda la vocación y el amor al servicio? Entiendo que muchas enfermeras querían ser doctores y por dinero o falta de calificación no alcanzaron a estar en esas filas, pero ello no es pretexto para gritar a un anciano, ver con enfado que ya llenó nuevamente la cama o tratar déspotamente a un paciente. Lamentablemente, tal como lo exponen en la trama, el ser médico se ve con ojos de veneración y superioridad, como si esto diera el poder sobre decidir cómo y a quién atiende.

No todos son así, eso lo sé. He recibido atención excelente por parte de grandes personas con títulos en dicha ciencia, cuya pasión y entrega aún se visualiza en su mirada. Entro a su consultorio y la primer pregunta no es qué siente, a qué ha venido, sino un cómo estás, qué tal está tu mamá. Me ven a los ojos cuando me hablan y me despiden con un “estarás bien”, llámame en dos días si no mejoras. La diferencia es importante, al menos para mí. Así que resulta frustrante ver que dentro de los hospitales públicos muchos doctores hacen ver que si no les pagas no importas.

Lo triste del asunto es que no sólo los doctores pierden esa humanidad. Actualmente en medio del tráfico, la rutina, los deseos y demás elementos poco productivos de la sociedad, gran parte de las personas en distintas profesiones vamos perdiendo el sentido, la esencia de lo que hacemos, para qué y para quién. Más de una persona te habrá dicho en alguna ocasión “primero tú, luego tú y después tú”, lo cual tiene algo de verdad, pues ciertas situaciones difíciles de mi vida se hubieran vuelto más prácticas de manejar aplicando dicha frase. No obstante, las cuestiones más difíciles se solucionaron tratando con todos los implicados, buscando las respuestas y felicidad del resto, encontrando así las razones, mi bienestar.

Tal vez ponerme en lugar del otro sea lo mejor para mí, no para ti. He conocido personas que se complican realizando esto, se desesperan y consideran que lo mejor es dejar ese asunto por la paz, se dedican a lo suyo y siguen su vida, lo cual es bueno si realmente continuáramos el camino sin arrastrar casos sin resolver. Sé que elegí un camino algo complejo, siempre he tendido a hacer eso, sin embargo el considerar a los otros resguardando mi cachito de humanidad es algo que ha llenado mi vida de satisfacciones y aprendizaje.

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Un comentario en “Deshumanizados.

  1. Hola, May.

    Creo que el propio ritmo de trabajo que se imponen termina enfermándoles: a unos de hastío (los que se muestran indiferentes ante el paciente) y a otros de soledad (los que acostumbran contar su vida).

    Manifestar la inconformidad es el principio del cambio que debemos buscar (claro, con la p***che molestia de ir mientras tanto a otro lugar a recibir mejor atención).

    Saludos.

    P.S. A propósito del “primero tú”, no me agradan las personas que se acercan a dar esos típicos “malos consejos”.

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