Un cachito de Aguascalientes.

Ocho años se dicen fácil y más fácil se van de las manos, sin embargo cuesta vivirlos, se disfruta pasarlos. Por mi parte, es el tiempo que esta ciudad me ha aceptado como residente, con todo y mis costumbres, esos malos hábitos, mi boca tan directa y de pronto golpeada, sin tantos modales ni etiqueta y con un pasado tan contrastante, pueblerino, invadido de cerros y ese olor a frijoles de la olla, que acompañados de ese escandaloso huache junto a un chilito de dedos, te hace la mañana; qué decir de aquellos saludos estruendosos donde a media calle te dicen sin retobo “¿cómo estás pinche Juan?”, o aquellas señoras tejiendo y chorcheando fuera de sus casas mientras cuidan el vaivén de los lugareños. Cómo olvidar esos domingos donde los colores frutales se combinan en tus sentidos junto aquellas hierbas y manteca, haciendo de tu pasar por ese mercadito toda una experiencia digna de ser vivida aunque sea una vez en tu vida. Recuerdo esos bolsos gigantes y plásticos, aquellos rebozos meciéndose entre los tumultos, esas manos que espantaban moscas de los quesos y nopales, cuya experta mujer desespinaba y ofrecía. Todo eso soy yo y Aguascalientes así me acogió.

 

Créeme cuando te digo que llegué inexperta, bastante temerosa y muy india, como dirían algunos. Pasaba corriendo avenidas como toreando semáforos, no comprendía sus anillos y mi sentido de orientación no ayudaba al momento de decidir pa’ónde quedaba el oriente y el poniente, la salida o la entrada, era tan confuso decidir mi andar. Basta decir que me vi perdida decenas de veces en el Pasaje Ortega, cuyas ropas y juguetes, junto a los tenis y esos duros tan picosos y crujientes confundían, me mareaba aquél bullicio y ese caminar constante de individuos tan distantes pero muy consumidores. Y vaya que fue vergonzoso dar más de tres vueltas al interior del Parián y sus muros de cantera, cómo distinguir si el negocio que había visto estaba en su primer o segundo nivel, ¡qué desquicio! No sabía de plazas comerciales, de cines, teatros o grandes restaurantes.

 

Cómo saberlo, si en mi pueblo sólo hay acceso a una sala donde nomás en eventos especiales se trasmite una que otra película, tan vieja como aburrida, y la única placita que conocía era aquella engalanada con un bello kiosko, adoquines tambaleantes y banquitas de metal que en invierno eran tortura al trasero. En verdad te lo digo, cada calle, persona y lugar de esta ciudad hidrocálida era nueva y enorme, no había comparación con mi Jalpa querido, el cual a diferencia de este lugar lleva un paso más calmado y divagante. El tiempo pasa y no lo hace en vano, las colonias se expanden y hoy día hay fraccionamientos más allá de nuestro alcance y de ese tercer anillo; recuerdo que hace unos 20 años cuando visitaba a mis bisabuelos brincando las vías del tren (del ahora Canal Interceptor que va para ese gran Cinépolis) ahí terminaba la ciudad, no había mucho más, a lo lejos se veía una desolada escuelita y más allá vacas y caballos de algún ganadero de la famosa Fátima. No hace mucho de eso, pero mira cómo hemos crecido.

 

Como en automático Aguascalientes ha evolucionado, su cultura y promoción abren apenas los ojos, las subculturas imperan junto a sus nuevas generaciones que nunca dejan de sorprender a las que van apagando la luz de su vida. Renovarse o morir, dijo alguien por ahí, y eso hace esta ciudad tan céntrica, que siglos atrás fue un punto económico importante, pedazo de mi Zacatecas que supo independizarse bajo el mando de unos más vivos que le vieron futuro. Tenemos mucho por hacer y aprender, por madurar y emprender. Hoy día puedo sentirme parte de este terruño hidrocálido que me ha visto crecer en todos los aspectos, me ha visto comprender y amar a su gente tan diversa y cálida, eso sin olvidar su singular revoltura del rico y acogedor pasado, con su genial y próspera modernidad.

 

Por esta ocasión sólo queda decir ¡Viva Aguascalientes’n!

 

Publicado por La Jornada Aguascalientes, Suplemento Autonomía Nó. 27

Aguascalientes. Octubre 15, 2011.

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2 comentarios en “Un cachito de Aguascalientes.

  1. Qué rica lectura.
    A veces pienso que no hay mejor lugar al que pudiéramos haber llegado.
    Podría recurrir a San Google, mas prefiero preguntártelo: ¿qué es el “huache”?
    Saludos.

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    • Gracias por tu comentario Uli!!! buscaba alguna fotografía pero San Google me falló, creo que es una forma coloquial de llamar a esas hierbas, las cuales parecen matitas espigadas color verde bandera como el cilantro, y que se sirven en un taco de frijoles con chile de molcajete… Tiene un olor bastante particular y se dice que causa el mismo efecto que los frijolitos jejejeje!

      Cuando vaya a jalpa me traeré poquito para que lo veas, huelas y pruebes, a mí no me late mucho el sabor, lo considero amargo y fuerte, tal como el apio… pero hay gente que disfruta mucho d él. Yo te aviso cuando lo tenga en Ags y si gustas nos vemos para presentártelo 🙂

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