¿Qué tan lejos estamos de volvernos un asesino?

 

No puedo negarlo, dentro de mis adicciones también se encuentran las series televisivas, como es el caso de “Mentes Criminales” (su nombre original es Criminal Minds), programa que me atrapa y aunque me pierdo ciertos capítulos, cada que veo uno de ellos lo disfruto muchísimo. Me inquieta cómo ahondan en la psique de los seres humanos respecto a su comportamiento más que nada violento; me sorprende cómo muestran la raíz de un acto desde aquel pasado lleno de hechos que a la vista no tendrían por qué generar traumas o problemas mentales, pero así sucede. A mi parecer es una serie muy bien argumentada que logra distinguirse del género policiaco gracias a la carga de información que maneja y al estilo de investigación que realizan los protagonistas, pues no se centra en encarcelar al “malo”, sino que siempre te presentan el trasfondo. Incluso hay capítulos donde el criminal muere al inicio y es necesario desentramar el suceso.

Creo que con todo esto queda claro mi embobamiento por dicha serie, de la cual recuerdo un episodio en especial. Éste relata cómo un chico de unos 20 años, cuya vida e historietas tienen un futuro prometedor, se convierte en menos de 6 meses en un asesino sanguinario, todo originado por el asesinato de su novia justo la noche en que le pide matrimonio. Lo impactante del asunto es que antes de esta amarga vivencia dicho joven no había experimentado ningún abuso o maltrato que justificara su sed de sangre y violencia actual, él era por así decirlo “normal”, todo le pintaba bien. No obstante un golpe de esa magnitud generó que saliera el asesino que probablemente mantenía dentro, de forma inconsciente, ya que por extraño que parezca él no recordaba ninguna de las matanzas que realizaba por las noches en  pro de su venganza; encapsulaba esos pensamientos en lo más recóndito de su mente, alejados de su moralidad y consciencia.

Aquí la interrogante, que al final también cimbra los conceptos de uno de los personajes femeninos, es ¿qué tan lejos estamos de convertirnos en un asesino? Después de analizarlo ella no encuentra pies ni cabeza, no se explica cómo alguien sin antecedentes traumáticos violentos puede llegar a ser otro en un parpadeo; yo tampoco me lo explico. Sin duda es un tema que da pie a discusión, sobre todo si cuestionamos la posibilidad de  portar una personalidad llena de violencia y locura, mayormente instintiva. Recuerdo como ayer el día que mi madre me preguntó si bajo ciertas circunstancias yo podría tirar del gatillo de un arma, y con ciertos temores le contesté que en frío podía decir “no”, sin embargo no era el contexto adecuado para dar una respuesta objetiva, cercana a la verdad, pues no era presa de la desesperación, el dolor, el estrés, la presión o el odio que genera el ser dañado o presenciar cómo lo hacen con alguien que amas y aprecias. Cualquier respuesta dada en ese momento, durante una charla cotidiana, hubiera sido irrelevante, sólo especulativa.

El por qué de todo este antecedente va a lo siguiente: en estos tiempos somos bombardeados de noticias sobre enfrentamientos violentos, no sólo en televisión, sino a través de radio, periódico e internet. Y no conforme con ello, estamos expuestos a otros impactos con tintes sangrientos dentro del cine, los videojuegos, las churronovelas, los programas de “horrores” de la vida real y la música; nadie está fuera, y al parecer, disfrutamos mucho más de lo que decimos. Quién no se emociona con las películas de acción o terror aunque saltes de tu asiento, quién no gasta horas avanzando entre los niveles de una guerrilla virtual con armas, colmillos, zombies y demás elementos, quién no ha cantado a todo pulmón algún corrido o canción metalera mientras por dentro decimos “¡qué chingona rola!”. No lo neguemos, una gran mayoría sentimos la necesidad de alimentar esa parte violenta a través de diversos estímulos que la mantienen en cierto sentido bajo control.

Sino pregúntenle a mi compa Pete, que como otros chicos, aunque deambula tranquilo y sonriente por la vida, gusta de ver escenas donde los machetes, los chisguetes color rojo y los malvados hacen su aparición. ¿Cómo es que alguien como él goza tanto de ver un descuartizamiento? ¿Acaso guarda algún ser maquiavélico dentro? Lo ignoro, pero pasa. Y si aún se duda que la violencia nos causa excitación, basta preguntarle a los amantes de la fiesta brava qué sienten al ver cómo el torero tortura a ese animal lleno de rabia o miedo, pues es bien sabido que antes de cada corrida el pobre animal recibe maltrato o es enclaustrado durante horas para su enojo o desesperación.

¿Deporte, arte? No estoy de acuerdo con ninguno de estos, para mí es un acto ventajoso, violento y bastante cruel, sí con movimientos ágiles de un torero, pero hasta ahí. No le encuentro justificación a cortar un rabo o una cola entre las fanfarrias de una multitud que como en coliseo del siglo XXI, tratan de explicar a partir de la historia la belleza del enfrentamiento de un hombre con una “bestia”, mostrando con la victoria cómo un ser es superior al otro. ¡Qué tontería! Creo que ese es el problema del humano, muchas de las veces creemos que nuestra consciencia es garantía de superioridad sobre el resto y buscamos el mayor aprovechamiento de nuestro derredor a costa de su extinción.

En fin, de esto último podría aventarme una columna entera, aunque por ahora me concretaré a decir que como seres que interactuamos dentro de una sociedad no estamos exentos de convertirnos en un criminal tarde o temprano, a partir de un zarandeo o trancazo de la vida. Somos vulnerables, somos tentados día a día, durante nuestra jornada laboral, al subir al autobús, por los vecinos molestos, el tráfico citadino, el tendero abusivo o ese pájaro que te caga la cabeza. Sólo hacen falta ciertos estímulos para rabiar, golpear, berrear o asesinar. Se los dice alguien que evita las películas de terror pero sueña las peores pesadillas.

 

Publicado por La Jornada Aguascalientes – Suplemento Autonomía #26.

Octubre 1, 2011. Aguascalientes, México.

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Un comentario en “¿Qué tan lejos estamos de volvernos un asesino?

  1. somos la generación sangrienta, se nos hace tan cotidiano hechos que involucren sangre, violencia, degradación y depredación, a nosotros y a nuestro entorno. Incluso hay quienes se creen con el derecho de hacerse multimillonarios a costa del sufrimiento o extinción de otros. Eso ¿es ser humano?

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