Bicentenario: 200 años ¿de independencia?

Pendiente de publicación.

Año 2010.

Si bien es cierto, a través de los años, nuestras raíces junto a nuestras tradiciones se esfuman poco a poco, haciéndonos perder muchas veces el sentido real de ser mexicanos, así como la confianza en experimentar a un corto o mediano plazo un cambio verdadero a nivel país.

Por lo mismo, valdría la pena tomar un respiro, para una vez desconectados de nuestras ocupaciones diarias, entendiéramos que gran parte de las barreras que existen a simple vista para el progreso mexicano, derivan de nuestra falta de capacidad para tomar decisiones, hacernos cargo de nuestros actos y principalmente, de vivir plenamente nuestra independencia, nuestra libertad.

¿Somos independientes?

Para todos los mexicanos, éste ha sido un año tan especial que difícilmente pasará desapercibido, y es que gracias a los esfuerzos gubernamentales y de cientos de empresas, los diversos medios de comunicación han hecho que las calles, al igual que cada uno de nuestros sentidos, hayan quedado impregnados de un acontecimiento: el Bicentenario de nuestra Independencia. El cual se muestra como una gran razón para celebrar, para sentirnos orgullosos de nuestra mexicanidad y para gritar a los cuatro vientos “¡¡Viva México!!”

Históricamente, antes del 16 de septiembre de 1810, nuestro pueblo vivía bajo el sometimiento español, quien desde el momento de la conquista e imposición de su gobierno, se aprovechó en diferentes aspectos de esta nación, hasta que un hombre llamado Miguel Hidalgo y Costilla, cansado de las injusticias y explotaciones constantes, se armó de valor y con gran iniciativa comenzó una fuerte lucha, cargada de ideales y objetivos en pro del pueblo, que aún después de su fusilamiento, continuó debido al apoyo y compromiso de otros más, que con ansias de libertad, alcanzaron la victoria un 27 de septiembre de 1821.

De eso hace 200 años, y hoy singularmente me cuestiono si realmente somos libres; cuántos de nosotros hemos ejercido cabalmente nuestra independencia, y qué o quién nos impide crecer libremente como nación económica y socialmente.

¿Qué implica ser libre?

Por principio de cuentas, Libertad no es otra cosa que la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos” , y el ser Independiente es aquel “Que sostiene sus derechos u opiniones sin admitir intervención ajena”2. Tomando esto como referencia, considero que la gran mayoría de los mexicanos jamás hemos dejado de estar presos de uno u otro elemento, y pocas veces hemos sido realmente libres. Así mismo, considero en términos generales, que sin la aplicación de una reforma en toda latitud (política, social, personal, económica, legal, etc.), será complejo y más tardío lograr una verdadera independencia.

De pronto nos hemos visto sumergidos en un ambiente de injusticia, discriminación, inseguridad y mediocridad. El conformismo impera y pocos son aquellos que buscan un cambio y se esfuerzan por difundir sus iniciativas y proyectos en marcha, preocupándose por conseguir una mejora en su comunidad, en su colonia o simplemente dentro de su familia.

Es necesario entender que nuestra libertad se pierde con la presencia de prejuicios y barreras mentales, con la falta de espíritu emprendedor y de servicio, y ante nuestra aceptación de los elementos que dañan nuestra sociedad y terminan por minimizar su grandeza; lo único que sobreviene es la pérdida de nuestra identidad, de nuestras raíces. Un ejemplo muy palpable de esto último, es lo que sucede cada que ante nuestros ojos alguien roba, ultraja o humilla a otra persona, y no hacemos nada al respecto para detener dicho acto. Con esto sólo conseguimos ser cómplices de la inseguridad y presos de nuestros miedos.

De esta forma, en un segundo sepultamos nuestra indignación ante la injusticia, así como nuestro afán por ser un mejor país. Ello me hace pensar y analizar que en varias ocasiones muchos de nuestros “ideales” no pasan de ser meras buenas intenciones, y tendemos a expresarnos de dientes para afuera, mostrando una hipocresía que un primer plano podría inspirar y hacernos ver como personas interesadas en cambiar y crecer socialmente, cuando en realidad es todo lo contrario.
Es aquí cuando me pregunto, ¿qué ganamos con ser libres de palabra cuando somos presos de nuestros pensamientos?, ¿qué sentido tiene celebrar una Independencia aparente?

¿Es momento de festejar o de reformar?

A lo largo de extensas campañas publicitarias de ámbito público y privado, el mensaje a trasmitir es el de sentirnos orgullosamente mexicanos, el de valorar nuestras raíces, nuestra riqueza plasmada en cada cerro, en cada lago o planicie, y sobre todo, el de festejar nuestra Independencia. Dichos esfuerzos culminarían la noche del 15 de septiembre con un espectáculo lleno de colores, música y vida, al cual estuvo invitada la población en general.

En lo personal, esa noche preferí quedarme en casa a descansar, a disfrutar de una película y cerca de las cero horas, encendí mi televisor para apreciar un poco los fuegos pirotécnicos que enmarcaban la pasión y fiesta mexicana. Me abstuve de ir de parranda, de gritar o cantar en casa de alguno de mis amigos al fulgor de las botellas, lo cual es típico de esta sociedad, que se caracteriza por ser alegre y festejar a lo grande eventos futbolísticos o patrióticos.

Ello es normal, hasta el punto en el cual ya no vemos claro y olvidamos lo realmente importante para el progreso de México. En ocasiones nos perdemos en la alegría, que casi siempre va acompañada de música y alcohol, y dejamos de lado situaciones como la marginación, el sistema político, la generación de empresas y crecimiento económico, las tecnologías energéticas, la reforma constitucional o la renovación de actitudes individuales, sociales y ambientales; de tal forma que nuestra participación ciudadana resulta escasa o nula en la mayoría de los casos.

Planteado lo anterior, creo que a la par de los diversos festejos, deberíamos enfocarnos en las necesidades de nuestro entorno, exponiendo así soluciones realistas, cuya implementación interese e integre al resto de la ciudadanía, promoviendo así el progreso común.

No obstante, también estoy consciente que para lograr dicho panorama ideal, sería necesario que cada uno de nosotros se concentrara en sus carencias, miedos y complejos internos, trabajando así para ser un mejor ser humano, un mejor mexicano, responsable de sus actos. Por lo tanto, no propongo reformas masivas, sino personales. Bien dicen por ahí, que si como personas nos ocupáramos por limpiar, renovar y acondicionar lo más óptimo posible nuestro metro cuadrado, llegaríamos a crecer y salir adelante como padre o madre de familia, como hijo, nieto, amigo, y sobre todo como país unido y coherente con sus bases y principios.

Entonces, tomando en cuenta que contamos con todos los elementos para lograrlo, qué falta, qué requerimos para solidarizarnos sin que exista una desgracia de por medio y sin que haya alguien que nos pague u obligue por generar, por emprender y plasmar una iniciativa.

Mediocridad, ¿idea falsa o toda una realidad?

Recuerdo que durante mi vida universitaria la palabra “mediocre” comenzó a resonar un poco más dentro de mi mente. Analizaba su concepto y me di cuenta que en muchos de mis proyectos y sueños, así como en diversas labores cotidianas, la mediocridad me acompañaba y sinceramente no es algo que me cause orgullo, peor aún, me provoca vergüenza y hasta cierto punto trato de borrar dicha confesión de mi vocabulario. Lo más lamentable, es que en constantes ocasiones al lado de México se ha escrito esta palabra, describiendo así a nuestra población y creando de esta forma una imagen poco atractiva ante el resto del mundo.

Sin embargo, sucede algo; cabe aclarar que el dejar todo a medias no aplica para las celebraciones, donde muchos de nosotros se la viven festejando no uno, sino muchos días más, hasta que todo termina. Gastamos hasta los fondos que teníamos reservados para las emergencias, y alzamos nuestras copas diciendo “¡salud!”. Con esto no quiero decir que como mexicanos vivimos de la fiesta y derroche, pero si tan sólo encamináramos esta actitud hacia otros aspectos de mayor atención para el desarrollo de nuestro ser, empezaríamos a ver un cambio verdadero, no producto de un presidente o partido político, sino de toda una nación.

Se dice que psicológicamente el ser mediocre se deriva de nuestro pasado conquistado y oprimido, del devastado pueblo prehispánico, junto a sus raíces, tradiciones y cultura. Puede ser, no descarto que históricamente vengamos marcados con complejos de este tipo que se van desarrollando al vivir en un entorno donde lo común es dejar para mañana lo que puedo hacer hoy, retrasando o simplemente enterrando en mi actuar diario mis anhelos y reales convicciones. Y como ya lo mencioné, puede ser, sólo que de repente a estas alturas el escudarnos con un pasado y no permitirnos renovar el presente, sólo forma parte de un sentimiento conformista e irresponsable, en el cual preferimos culpar que tomar decisiones.

Sistema político mexicano, ¿culpable o inocente?

Cuántos de nosotros no hemos criticado de forma negativa a nuestro gobierno, a su organización y forma de proceder, a su ineficiente proceso burocrático, a su falta de resolución aunado a sus continuos derroches monetarios, a su corrupción ligada a la escasa legalidad en continuas ocasiones, y qué decir de la nula comunicación entre los tres poderes de la unión, demostrando con esto que si fueran una empresa privada, carente de ingresos generados de la recaudación de impuestos, seguramente se declararía en quiebra total.

Es así, que considerando todos estos factores, muchos de los contribuyentes renegamos del sistema gubernamental, no vemos muy claro a qué rubros se destinan nuestros impuestos, y cuáles de estos realmente son necesarios y van encaminados al bien común, y no a los intereses de sólo algunos. En lo personal, no comprendo cómo resulta una tarea casi imposible el entender que lejos de realizar unas cuantas reformas constitucionales, requerimos urgentemente de una nueva Constitución, en la cual se incluya una visión actual, con aplicación real y explícita en la sociedad mexicana del siglo XXI. Me cuesta trabajo ver cómo en una Cámara de diputados o senadores, los personajes que las conforman dan muestra fiel de la imagen que quisiéramos ocultar, pues proyectan una desestructuración tremenda y muchas veces protagonizan una telenovela llena de incoherencias y absurdos desencantos.

De pronto, como ciudadano he llegado a culpar a nuestro sistema político de muchas de las desgracias del pueblo, de las constantes injusticias y desigualdades, de la intolerante mediocridad y desánimo en general por emprender una fuente de trabajo, de promover y valorar escasamente a aquellos elementos de la ciudadanía que están luchando por ser generadores de cambio; sin duda la lista podría extenderse unas líneas más.

A pesar de ello, creo que así como el Gobierno tiene gran parte de la responsabilidad al ser promotor y dirigente de este país, uno como persona integrante del todo, también debe tomar cartas en el asunto y darnos cuenta que a lo largo de estos doscientos años, nosotros hemos saboteado constantemente nuestra independencia, nuestra dignidad y orgullo mexicano. Nos hemos permitido ser mediocres, poco participativos e inconscientes; hemos cambiado nuestro orgullo por el conformismo, perdiendo el concepto de competitividad.

Por lo tanto, así como uno decide y acepta qué gobierno tener, de la igual forma uno elige qué sociedad, familia y vida desea tener. No es difícil darnos cuenta, entonces, que si por mucho tiempo hemos vivido una fingida independencia, esa ha sido nuestra elección. Así que de nosotros depende si deseamos seguir comportándonos como seres sin voz ni acción, o por fin decidimos tomar las riendas de nuestro actuar y nos hacemos responsables de lo que implica ser mexicanos, y maduramos como entes independientes para luchar y lograr cambios palpables y comunes.

Es momento de alzar nuestras voces y darnos cuenta que ciertamente necesitamos comenzar una lucha, en la cual más que armas haya esfuerzos y decisiones, con el único objetivo de ser ciudadanos partícipes que realmente creen y buscan un cambio, no sólo político o económico, sino individual interno. Que este Bicentenario sea el pretexto perfecto para ahora sí, vivir nuestra Independencia, nuestro México.

Bibliografía.
1. Real Academia Española, “Diccionario de la Lengua Española”, 22ª. Ed., Madrid, 2001.
2. CASTELLANOS C., Roberto (coord.), “200 años de ciudadanía”, Fundación Este País / Coordinación Nacional para las Conmemoraciones del 2010, México, 2008.
3. SCHETTINO, Macario, “Economía Informal”, El Universal, México, D.F., 05 de octubre de 2010.
4. ROMERO, Jorge Javier, “¿Es el cambio cuestión de voluntad?”, El Universal, México, D.F., 25 de septiembre de 2010.

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