Percepciones de un rincón mexicano.

Publicado por Revista Guayoyo en Letras, Octubre 31 del 2010.
Un camino. Fotografía: May Rovles

Terminadas mis labores, en un afán por revivir los ayeres vespertinos, contemplo aquel pequeño Santuario, que irónicamente inunda el paisaje. Las nubes dispersas ante el aire adornan los cielos, y junto aquellos rayos naranjosos anuncian el fin de un día más en Jalpa, rincón mexicano de donde provengo y donde se encuentran mis raíces.

En este lugar alcancé mi “mayoría de edad”. Crecí y me formé de acuerdo a los valores que mis padres consideraron más idóneos, y que hoy son las bases de mí actuar. Por mucho tiempo sentí que fuera de esos cerros no había mucho más, y si lo había, era francamente inalcanzable, desconocido. Resultaba imposible visualizarme fuera de esa tranquilidad que inundaba los sentidos de cada habitante.


Conforme pasaban los años y mis maestros de la vida me cuestionaban qué seguiría en mi camino, ciertamente ignoraba la respuesta, y no es que no hubiera pensado en ello, sólo que el simple hecho de pasar por mi mente una y mil ideas al respecto, me causaba confusión y algo de bloqueo mental. Una parte de mí tenía hambre de conocer, de explorar todo aquel mundo que de pronto ya no se veía tan lejano y vacío, al contrario, cada día me resultaba más interesante viajar, salir de este recóndito poblado. Aunque, por otra parte, estaba aterrada y llena de fantasmas acerca de qué me depararía allá fuera. 

En primer lugar, para nada quería formar parte del grupo de chicas jalpenses que apenas salen de la secundaria o el bachillerato, y sólo tienen cabeza para planear su boda e inmediatamente casarse con aquel muchacho que terminada la fiesta, se las llevan a vivir al país vecino: Estados Unidos. Sinceramente, este no era el plan de vida que había decidido. Como mujer creí que podía dar un poco más que eso. Soñaba con estudiar, con prepararme y crecer a nivel personal y profesional. Mi autorrealización iba más allá de ser un ama de casa encerrada en un sitio que aún alberga tantos prejuicios. Y no es que demerite la labor de señora del hogar, la cual es ardua y poco reconocida, sin embargo no era mi ideal cortar mis proyectos y adelantar mi futuro.

Cuando decidí mudarme a “la ciudad”, realmente no imaginé todo lo que viviría; el contraste de ideas, conceptualizaciones de un mismo hecho, estilos de vida y diversidad social algo distante de lo que hasta el momento había vivido. Nada era igual; aquello pensado como grandioso y diferente, no era más que parte de mis ilusiones. Ahora sólo quería tomar mis maletas y regresar corriendo para esconderme en ese pueblo del que por mucho tiempo desee salir. No obstante, sería por pena u orgullo, me quedé.

Después de casi siete años, heme aquí, navegando entre microbuses y peceras urbanas, disfrutando de una buena música de trova entre sirenas y claxon, acompañadas de las luces de éste y aquel semáforo. Tomándome un café desde aquella calle Del Codo, entre árboles y letras en el viento, escuchando atentamente esas voces de personas tan queridas, que hasta el momento me han brindado una grata compañía y calurosa amistad. Sin duda, el panorama dejó de ser gris.

Deteniéndome un momento y analizando cada uno de los cambios realizados, creo que tuve que pasar por experiencias poco o nada agradables, las cuales forjaron mi entereza, incrementaron mi sabiduría y pulieron muchos detalles que a simple vista, desde un contexto y entorno distinto, dejaba a un lado. Amplié mi visión de la vida, así como de las personas, los hechos e ideas que la albergan; me di cuenta que el grado de sabiduría no está determinado por la dimensión del lugar donde vives, sino por la comprensión, los valores y el conocimiento interno. Ahora recuerdo las constantes y grandiosas enseñanzas que trasmitía mi abuelita cada que iba a visitarla, mientras comía su delicioso arroz con leche, entre plática y plática.

Así también, aprendí que por más que quieras huir de tu familia, tu pueblo y tu ser, finalmente se trata de un encuentro con dichos elementos. En lo personal, a lo largo de estos años valoré como nunca a mis padres, a mis hermanos del alma, a mis raíces, a ese cerro simbólico,  esas noches estrelladas desde mi azotea y a esa niña que había perdido en el camino. Comprendí ante todo, que más que esperar, hay que aceptar y seguir adelante, sin adelantarnos a los hechos y sin juzgar premeditadamente. Ciertamente, no sólo hay que luchar por un objetivo, sino disfrutar el camino hacia él.

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