Viviendo en Ciudad de Dios

Publicado por Revista “Guayoyo en Letras”, 26 de septiembre de 2010.

07:30a.m., termino de arreglarme y en medio de mi divagante mente, una noticia radiofónica capta mi atención. Por unos minutos quedé pasmada, una congelante sensación traspasó mis sentidos y sólo una idea cruzaba por mi mente: “no puede ser real”.

Volviendo a este mundo, escuché con detenimiento cómo en Parral, un municipio de Chihuahua, México, una tercera parte de su población entre los 7 y los 15 años, formaba parte de alguna pandilla, ahora llamadas mini-cárteles, ya que operan ligados a las grandes agrupaciones del narcotráfico y violencia. Verdaderamente aquella revelación me erizó la piel, aquello que pensé lejos de mí, estaba a unos kilómetros y avanzaba lenta pero seguramente.

Aterrador era oír cómo un niño llamado Josué, de escasos trece años, sostenía un arma calibre 9 milímetros y rondaba por las calles en busca de algún objetivo, o bien, viendo quién estaba desprevenido para poder asaltarlo. Él como cerca de 5 mil niños más de esta ciudad, ya había sido captado por alguna de estas pandillas infantiles, que los hacen sentir ídolos, seres que imperan entre su sociedad.

Según estadísticas, hoy en día los pequeños en México más que ser un doctor o policía, desean ser un sicario, personaje que se ha vuelto un héroe ante sus ojos, debido a la fama que tienen al acaparar los diversos medios de comunicación. Vaya que esto es lamentable. Siento como si de pronto algo me hubiera despertado de golpe y observando detenidamente tan deplorable paisaje, sólo quisiera cerrar mis sentidos y despertar en otra realidad, en la cual los niños aún corran por las calles, idolatren a los súper héroes y sueñen con ser astronautas, cantantes o bomberos. Quisiera despertar y darme cuenta que todo era sólo una reseña de esa gran película brasileña llamada “Ciudad de Dios”, donde aquellos niños asaltaban, traficaban y generaban violencia. Pero no fue así.

Aún hoy mi mente recapitula y no encuentra el punto en el cual “Indios contra Vaqueros” se convirtió en un juego de “Policías contra Sicarios”. Lo que sí encuentra son muchas razones, dentro de las cuales podría mencionar: la pobreza, la desigualdad social, los intereses de unos cuantos sobre aquellos más necesitados, la corrupción y la falta de empleo, los favoritismos y el abuso de confianza, y sobre todo, la mediocridad junto a la inseguridad, la falta de actitud emprendedora y amor a la lectura, el desinterés ante las causas sociales comunes y la envidia contra el crecimiento de los otros.

Fotografía: Gervasio Sánchez

A nivel social considero que nos saboteamos mutuamente al no permitirnos ser y hacer, al preferir esperar que generar, y robar que trabajar. Ciertamente, en varias ocasiones resulta complicado salir adelante desde un contexto lleno de pobreza y marginación, en el cual no somos dos o tres, sino ocho hermanos; donde a lo mucho dos de ellos han estudiado hasta tercer grado de primaria y los otros vivimos viéndonos las caras durante más de 12 horas en un cuarto de lámina que no excede los 6m2. Vuelvo a decirlo, resulta complicado, mas no imposible.

Es aquí cuando en nuestras manos está el crear fuentes de trabajo, oportunidades para aquellas personas que no imaginan tenerlas y están deseosas porque alguien crea en ellos y no los mire hacia abajo. Comprendamos que estas personas también forman parte de nuestra sociedad, de nosotros mismos, y más que una moneda que seguramente malgastarán o servirá para pagar a su explotador, requieren urgentemente una labor que los saque de ese mundo donde ahora también existen nuevas “ofertas laborales”, ya que hubo quién consideró sí tenían utilidad y los está buscando, lo cual los hace sentir importantes y considerados, aunque no sea el mejor camino. De todas formas, ellos sólo ven el fin último: obtener un pago.

Me pregunto qué nos falta para despertar y darnos cuenta que nuestra realidad actual sólo es un tentempié para lo que se avecina, y no es nada favorable. Qué nos falta para de una vez por todas levantarnos y hacer algo por nuestros niños, y por fin tomar la responsabilidad que conlleva el educar un hijo, no sólo a nivel escolar, sino formativo, tomando latitudes desde los valores, la consciencia, el análisis y toma de decisión desde su temprana edad.

Cuándo tomaremos las riendas de nuestra vida y veremos que la vida nos exige hacernos partícipes del entorno, cuidando nuestras acciones a nivel personal y social, así como sus repercusiones. Cuándo despertaremos y observaremos que nos hemos mudado a Ciudad de Dios.

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